Amanecía. El día prometía estar soleado y con una temperatura cálida. Aún permanecía el rocío en el césped y brillaba en los pétalos de las flores. Tomé el primer tour tempranero que, por lo clásico, me llevó por donde yo sabía: el Centro Histórico, las murallas, el Zeppelinfeld, el Campo de Marte, la residencia del Juicio. Lugares con fuerte irradiación. Con más conocimientos por lo aprendido, me bajé del bus y caminé sin un derrotero fijo. Casi al mediodía advertí que había mucha gente en las calles. Era lógico. Luego de muchos días sin sol, todos saldrían de sus casas para disfrutarlo. Brazos al aire, nada de gorras, faldas y pantalones cortos y un único deseo: el sol sobre la piel.
Así, a
la deriva, como único modo de internarme en los vericuetos hermosos y sensibles
de cualquier ciudad, terminé acodado sobre la baranda de uno de los puentes sobre
el río Pegnitz[1]. Disfrutando
el aire, entre fresco y caluroso, mi vista apuntaba hacia el río, que se
escondía a los pocos metros, en uno de esos recodos rodeados de viviendas
familiares con su clásico entramado de madera, algún palacete de piedra arenisca
y sus torres puntiagudas. Sobre sus orillas, muchos árboles esparcían su ramaje
sobre una corriente serena que discurría por su nivel, al igual que los
pensamientos por mi cabeza. El perfume de las flores, la algarabía de la calle y
el silencioso murmullo del río me obligaron
a permanecer en este mini paisaje construido para mi disfrute personal.
Mi
vista seguía puesta sobre agua, entre perdida y amalgamada con el ambiente,
como queriendo pasar desapercibida. Es ahí donde se fue generando un espacio en el que aparecieron
otra vez esas ocho notas memorables que llevo en mi memoria desde que las
escuché por primera vez en mis once años. Re La Si Fa# Sol Re Sol La. Estos
primeros sonidos del Canon de Johann Pachelbel[2]
terminaron por completar mi ensueño sobre el río.
Así, escuchando en mi memoria y tarareando los sonidos
llegué a la conclusión que no me encontraba por casualidad en ese lugar. Estaba
en la tierra donde había nacido este maestro de maestros, que con solo ocho
notas pudo sublimar la música y presentarla como un punto fundacional de la
música barroca. Ocho notas que volvían y
se repetían bajo una luminosidad variopinta, creando acordes y tonadas, para
generar una mágica y sorpresiva particularidad que, sin desearlo, llenaba a cualquier mortal de
serenidad y armonía. Sonidos que se persiguen,
desaparecen y regresan al punto de crear un ámbito sutil y fascinante. Los
violines entreveraban los acordes que se entrelazaban en mi memoria sin cesar.
Este motivo musical, casi monolítico, volvía a multiplicarse mezclando los
sonidos con el susurro del agua, con el siseo de las hojas balanceadas por la
suave brisa, disolviendo en el ambiente el perfume de sus plantas que se
despegaban de las viviendas, reflejando las olas afiligranadas de un río que
fluía hacia un destino de lejanía.
La secuencia seguía en mi mente con variadas
formas, tanto o más que las que el propio lenguaje musical del Canon prometía. Fueron
multiplicándose en los pétalos de las flores que se esparcían por el río sintetizando
su policromía con sonidos fascinantes. Se propagaba en los pajarillos que
volaban al compás del Canon, persiguiéndose a sí mismos, brincando como las notas
sobre el pentagrama. No se quedaron atrás los pequeños peces del río que se
unieron a la fiesta musical nadando y recreando los acordes de su antiguo
maestro, cuando – seguramente – hubiera paseado alguna vez y los estuviera
observando por ese recodo del río.
Fascinado por esos momentos mágicos que produce la
música y mueve a toda la naturaleza, seguí mi camino. Pasado el mediodía el sol relucía a pleno en esa tarde casi
veraniega para sus habitantes. Las calles mostraban la alegría de su gente
mientras yo iba serpenteando el camino, desde el puente hasta llegar a la Sebalduskirche,
donde el creador de esta bella
música fue su organista hasta el fin de sus días.
Volví a
escuchar la canción. En el interior de la iglesia, una pequeña orquesta de tres
violines y el órgano ejecutaban académicamente lo que el virtuoso maestro había
compuesto. Quería seguir esas ocho notas que huían, se escondían y se repetían
una y otra vez en distintas versiones y que en forma deslumbrante no te
cansaban nunca.
En esta
instancia mi imaginación se desbordó. Esas ocho notas desplegadas comenzaron a
circular por los techos abovedados del templo, confundiéndose con la belleza de
los enmarañados diseños o escondiéndose dentro de los retablos, contrastando la
reverberación de los sonidos con la fascinante policromía de sus vitrales,
generando en un presente único la conjunción de la vida moderna con el barroquismo fiel de los acordes que se
esparcían en el silencio místico de la iglesia.
Los tres
violines junto al altar y el inmenso órgano al fondo de la iglesia generaron en
mi mente la imagen de Johann Pachelbel, interpretando su propia creación, casi
trescientos cincuenta años atrás. Por esas cosas de la historia quedó
desconocida por muchos años, hasta que en algún momento alguien la redescubrió
para nuestro presente. Hoy esa música se
muestra brillante y sonora en toda oportunidad en que se la pueda
interpretar. Ya no solo con tres violines, sino con todos los instrumentos que
la música ha creado y lo sigue haciendo, mientras esas ocho notas, juguetonas y
saltarinas van construyendo el fascinante acorde que penetra en nuestros oídos
hasta el punto de la emoción.
La magia
de esas notas deslizándose entre sí y moviéndose como si fueran las figuras de
un ballet, recrea cualquier celebración, desde el bautismo a un funeral,
pasando por las bodas y los aniversarios, las entradas triunfales, los flashes programados
en el cine y el interminable catálogo que propone Internet.
Este
simple acorde estimuló mi visita por esta
ciudad medieval con bellos sonidos barrocos. Luego de salir de la iglesia de
San Sebaldo, pletórico de música legítimamente germana, decidí seguir mi
destino de deriva. Me sentí caminando sobre las baldosas imaginando un inmenso
teclado y pisando con prolijidad y entonación la coreografía de estas ocho
notas: Re La Si Fa# Sol Re Sol La, persistiendo, de ese modo, en prolongar
esa refinada armonía.-
[1] Núremberg.
Alemania.
[2] Canon en
Re mayor para tres violines y bajo continuo, de Johann Pachelbel.

