Sísifo, Mito y realidad

 


Sísifo debía ser dichoso.

Albert Camus

 

En algún lugar del universo.

                Sólo se escuchaba el silbido del aire fresco que soplaba sobre la ladera y, mezclado con él, el fragor de una roca que tenía por destino la cima de la montaña. Las manos callosas, casi ensangrentadas que la empujaban con fuerza no eran otras que las de Sísifo. También sus venas hinchadas a punto de explotar en toda la superficie de su piel, al igual que sus músculos tensos y fuertes. El pecho, sucio por el sudor y el polvo de la tierra, se encontraba totalmente apretado por el esfuerzo en tanto  el dolor motorizaba a su corazón a límites impredecibles. Su amplio tórax  se inflaba a medida que aspiraba el aire para oxigenar sus músculos frente a la inmensa mole que tenía por delante. Sus fosas nasales resoplaban el increíble  esfuerzo mientras el sudor oscuro y denso le corría por todo su cuerpo. La piel brillante por las gotas de sudor se laceraba en el contacto áspero y filoso de la  roca que empujaba con todo su cuerpo. Imposible detectar si las gotas que bajaban de sus ojos eran lágrimas de dolor o simplemente la transpiración que emergía por los poros de su piel. Al igual que era imposible saber si la fuerte respiración se podría confundir con lamentos interiores que escapaban de sus sentidos.

 Toda la fuerza de su cuerpo se afirmaba sobre sus piernas que, junto con sus brazos, sus hombros y su pecho  empujaban el peñasco hacia arriba. No había un punto de descanso. Todo el esfuerzo se derrumbaría ni bien llegara a la cima y el mismo volvería a desbarrancarse  (Sísifo lo sabía), hasta quedar paralizado en la base de la ladera.  Recién estaban por la mitad del ascenso.

Entendía que debía seguir empujando esa misteriosa roca que el destino le había puesto ante su cuerpo. Debía hacerlo sobre el terreno áspero y desparejo, en tanto sus pies se llagaban con las piedras cortantes. Lo peor era que ni bien llegara a la cima, la roca volvería a caer estruendosamente hasta llegar al pie de la montaña. A pesar de contar con un cuerpo cada vez más débil y las fuerzas al límite del colapso, no debía dejar de empujar ya que  la piedra podría retroceder y aplastarlo. No le quedaba otra alternativa. Sólo empujar, empujar, empujar.

En palcos imaginarios, los dioses griegos observaban el duro cumplimiento de un castigo que habían ordenado. Placer, cumplimiento de los destinos mitológicos, alegría ante el sangrante y terrible espectáculo. Los dioses contemplaban la violencia del cumplimiento de los eternos destinos. Sin piedad, sin venganza, sin odios. Sólo el destino de las leyes eternas que, en su inframundo, habían sancionado.

Así todo el tiempo. En aquella montaña del mundo mitológico (los Cárpatos según algunos escribientes) al que lo habían confinado los dioses griegos, Sísifo levantaba el peñasco desde un momento en que se inició este destino aciago a nuestras miradas humanas. Absurdo, severo, cruel y eterno, muy lejos de nuestra justicia y comprensión. No obstante, en ese mundo especial, la condena debía ser cumplida. No sabría si mis ojos humanos captaban con objetividad y justicia este terrible hecho. Lo que sí sabía era que estaba sucediendo ante mi mundo.

Con todo, Sísifo pudo instalar la roca en la cima de esa montaña. No alcanzó a refregar su rostro ni siquiera para quitar el excesivo sudor cuando automáticamente volvió a repetirse el ciclo de su condena con la caída estruendosa y abisal de aquella roca elegida por los dioses. La observaba caer rodando,  sobre los peñascos, rompiendo con su rebote  los ramajes secos de los pocos árboles de altura  y las salientes pedregosas que obstaculizaban la caída,  hasta que, por fin,  se estabilizó en el fondo de la quebrada.

Secó con sus toscas y lastimadas manos la transpiración de su rostro, acomodó sus cabellos y comenzó a bajar lentamente la colina para iniciar una vez más el durísimo rito de llevar otra vez el objeto de su condena  hacia la cima. Orden de los dioses.

Se ha considerado que la existencia de Sísifo no sólo resultaba dolorosamente insufrible. Debía cumplir un destino absurdo que sólo finalizaría con su muerte. Un ciclo definido de antemano por una condena de los dioses que como humano jamás podría comprender como tampoco podía hacerlo con el pensamiento íntimo de este personaje.

Intentaba mirar sus ojos. Nublados por la transpiración sucia de su cuerpo, no lograba ver su alma a través de las pupilas. No encontraba ninguna huella de odio, tampoco rebelión, ni siquiera resistencia. No lo entendía. Tanto esfuerzo, tanto sufrimiento y ni un gesto de oposición. Tampoco de aceptación clara.

¿Podría Sísifo volver a intentar el absurdo de llevar nuevamente la roca hacia la cima? Hasta ahora él no mostraba una gran resistencia ante la pena que debía cumplir. Superaba con alguna fuerza la fatiga y el dolor aunque no sabría que estaba sucediendo en su interior. ¿Era la resistencia el único modo de superar la condena? Difícil poder afirmarlo cuando se encontraba en juego todo su ser físico que se consumía en el esfuerzo de llegar a la cima y, a la vez, ¿comprendía su mente que, pese al esfuerzo, su misteriosa roca volvería a caer abisalmente al pie de la colina?

Siempre supe que Sísifo fue un ser desafortunado. Humano o dios, me causó pena la sentencia a la que el destino lo había condenado. Esta historia la leí de pequeño. La volví a leer en mi juventud y se mantiene presente en el presente. Un  personaje trágico. No sabía si era pena, sorpresa o curiosidad lo que me llevó a sentir distintos tipos de sensaciones a medida que mi percepción de la realidad se completaba con la comprensión de los valores humanos aprendidos. No alcanzaba a entender qué tipo de locura o cuan grave pudo ser el crimen que habría realizado como para hacerse acreedor de  semejante sentencia. ¿Qué habría pasado realmente para que lo condenaran a algo tan penoso que le complicara la vida para terminar dramáticamente su futuro o su vida de ese modo? Si bien siempre supuse que el mundo de los dioses era mucho más complicado que el nuestro, creía que podría tratarse de alguna venganza o de alguna tropelía hacia su persona. Mi propio mundo adulto me hizo preguntar si no había realmente situaciones serias en la vida de Sísifo que le hubieran complicado su existencia y que,  sus propias acciones y sus culpas, lo hubieran llevado a sufrir determinado castigo.

“Vi de igual modo a Sísifo, que soportaba una labor muy dura, empujando una piedra con las manos, intentando llevarla hasta la cima de un monte; sin embargo, cuando ya estaba cerca de la cumbre, una fuerza irresistible volvía a empujar la roca cuesta abajo; y nuevamente Sísifo emprendía la tarea, y el sudor le corría por el cuerpo y sobre su cabeza se levantaba el polvo”.[1]

Realmente la literatura mitológica de los griegos me hacía entrometer en estas historias que, en un principio, parecerían no tener pie ni cabeza. Un hombre condenado a algo tan absurdo…  No me imaginaba al mundo de los dioses que no contemplaran las causas y los efectos de las cosas.  No obstante, a lo largo de la literatura universal nadie dejó de escribir sobre este ser infeliz. Lo desgraciado, lo lastimoso, lo absurdo, lo cruel, lo sorpresivo fueron los distintos puntos de vista con que los escritores de todas las épocas subrayaron y trajeron esa historia a la vida de los humanos. La literatura universal siempre ha hablado de la lucha constante, del esfuerzo cíclico ante un destino ineludible.

Casi todos lo culpaban de sus propias acciones. Su vida aventurera, aprovechadora, violenta no era solo para los dioses un desperdicio. Era una acción digna de ser castigada. No obstante, hubo escritores que subrayaron la fuerza ineludible del destino. Otros, el carácter absurdo de la pena y en consecuencia, de la vida.

Tuve que hurgar en muchos libros para descubrir la verdadera historia mitológica de Sisifo. Sísyphos significa sólo eso, que es muy astuto. He debido basarme en los dichos de los otros y he encontrado muchos y similares detalles sobre su vida. En todos era fácil encontrar las razones de la furia de los dioses. Su genealogía nos dice que era hijo de Eolo y Enareta, quienes habían tenido otros seis hijos más. Sus posibles matrimonios siempre fueron un fastidio familiar. Independientemente de los intereses de los padres, también él aportaba los suyos haciendo de la elección una situación tan caótica como conflictiva y dificultosa.

Se casó con Mérope, hija de Atlante. De familia real llegó al trono de Efira (un antiguo nombre de Corinto, que algunos afirman que él mismo la fundó) y fue coronado rey.  Como tal se encontraba en los mejores lugares económicos y sociales de toda la Grecia. Sin embargo el poder no le mejoraba la situación. Al contrario, siendo un hombre poderoso, la impiedad y la astucia lo llamaban a tener primacía en los intereses sociales y económicos. Más de estos últimos que los primeros. Antes de casarse con Mérope pidió la mano de Mestra, hija de Glauco rey de Etón. Ya aquí comenzaron sus problemas. Etón es conocido en la mitología como un ser que todo lo que encontraba lo consumía, por lo que su vida siempre resultaba un enorme proyecto hacia el futuro. Debía conseguir todo lo que estaba a su alcance. Glotoneria y avaricia se juntaban.  Hasta que aprovechó para cambiar a su hija Mestra por bienes que le resultaran dignos para su propia satisfacción. Sisifo se la canjeó a Etón por grandes sumas de dinero y de ganado. El negocio no funciónó. Mestra  tampoco era una mujer fácil ya que una vez que se enteró de  negocios de su padre, lo dejó a Sisifo y volvió al palacio paterno. haciendo que Sísifo armara grandes revueltas para que el rey de Eton le devolviera la ingente dote en ganado y animales que le había dado nuestro héroe. Problema que no se resolvió en forma terrestre y hubo que llamar a los dioses para que se impartiera la justicia correspondiente, a la que al final y no sabemos  el porqué, desistió Sisifo.

La historia de los mitos basa sus afirmaciones de distintas fuentes por lo que es muy difícil concretar la cantidad de hijos que Sisifo tuvo, ya que algunos hablan de cuatro, otros de dos, algunos con hijos de semidioses y llevan las historias hasta los orígenes.

Su carácter ejecutivo lo llevó a tener importancia en empresas vinculadas con la navegación y el comercio. Astuto e impío se le cuentan muchas aventuras, algunas en las fronteras del delito y el crimen. El cuerpo de Melicertes, un eximio atleta de los juegos olímpicos de Corinto fue hallado muerto junto a la orilla. Todos los indicios señalaban a Sisifo como su posible ejecutor.

En su vida encontramos muchísimas situaciones que nos transportan a un punto importante como objeto de la gran pena punitiva que le correspondió, y en consecuencia, el castigo que conocemos. Nuestra fuente más importante es Homero quien no refiere nada sobre el castigo o la razón del mismo. Entonces hay que recurrir a las “malas lenguas”, las que hablan de una situación de alcahuetería y que Sísifo le ha contado al dios de los ríos y en las que Asopo tuvo intervenciones en el rapto de su hija Egina que había sido realizado por Zeus. Evidentemente había tocado las fibras más importantes de la autoridad divina. Por lo tanto, el castigo divino sería  proporcional a la injuria realizada en lo más alto de la divinidad. Otras razones como la impiedad, el atraco de los viajeros, el rapto e incluso el asesinato, son importantes razones pero no llenan el carácter judicial de su condena. ​

Esquilo en su obra  Sísifo fugitivo nos cuenta que Zeus decide castigar a Sísifo por haber revelado el paradero de la ninfa Egina y envía a Tánato con la misión de arrastrar al indiscreto mortal al Hades. Realmente Zeus había encontrado en Sísifo una razón muy importante para ocultar los pecados de los dioses. Sin embargo, no lo pueden encontrar ya que éste había iniciado un operativo mucho más importante dentro de la movilidad de los dioses que era congelar a  Tánato, atando a la propia Muerte con lazos de acero, haciendo que mientras la muerte estuviera funcionalmente inoperante, nadie podía morir en ese tiempo.

 Zeus, preocupado, envía a Ares para que libere a Tánato y pueda llevarse a Sísifo consigo. Antes de morir, el avispado mortal encarga a su esposa que no le tribute ninguna honra fúnebre. Una vez en presencia de Hades, el artero Sísifo se lamenta de que su mujer no le ha sepultado de acuerdo con la costumbre y suplica a Hades que le permita regresar a la tierra para reprender su conducta. Hades accede y Sísifo, por supuesto, incumple su palabra y no regresa al lnframundo. Al cabo de los años, Sísifo fallece de muerte natural y debe retomar, quiera o no, dar cuentas ante Hades de su conducta.

 

 

El mundo del absurdo apareció entre los literatos existencialistas del siglo pasado. Albert Camus me impresionó con sus reflexiones sobre este ser. A partir del sufrimiento se preguntaba el porqué del destino de este hombre. Luego también se preguntaba por las distintas calificaciones con que podría definirlo. Lo cruel, lo doloroso, lo absurdo, el acercamiento a la muerte, incluso las posibilidades del suicidio. Tal vez, su pregunta más difícil de responder era por qué Sísifo no podría ser feliz, estando atado a tan infortunada pena como la que había recibido. Se lo preguntaba positivamente: Sisifo debía ser dichoso. La única manera posible de que Sísifo podría alcanzar la dicha sería – por obra no sé de qué acción – que la roca un día no se cayera, se quedara quieta en el cima de la montaña y a partir de ese momento, Sísifo tendría otra vida por delante.[2]

De todos modos, siempre me he preguntado si realmente Sísifo sabía el significado de su condena, si realmente la cumplía porque la había naturalizado en su ser o si realmente – como parte del guion mitológico griego – no era más que cumplir con el destino. Algo asi como José K. (el personaje del Proceso de Kafka) que no sabe de qué se lo acusa. O si cree que lo comprende, o no alcanza a asombrarse de tan absurda acción. De él también habla Camus en la misma obra.

La historia muestra estos personajes que sufren cómo sobre llevar su destino. Puede ser el caso de Baudelaire, ese poeta maldito que se sentía ignorado,  que se entierra en  las soledades profundas creyendo (en aquel poema sobre el de la mala suerte) no tener el coraje que tuvo Sísifo para levantar un peso tan abrumador[3]. Magnifica la actitud del héroe griego en tanto él no puede salir del marasmo de su propia desgracia por la que se autodefine como autor maldito.

 

Imaginé que, en este inframundo mitológico, sucediera que en un día  cualquiera, la roca quedara firme en la cima, que no se moviera, que no cerrara el ciclo con la caída. Hasta el propio Sísifo se asombraría al advertir que no se cayera hasta el fondo de la quebrada. Imagino que  Sísifo bajaría de la montaña sabiendo que no tendría el infortunio absurdo de volver a empujar su destino hasta ahora ineludible. Correría por el monte hacia su pueblo, del que había sido su rey, con seguridad sin encontrar a nadie. No podría comunicar su dicha por lo que debió comenzar a disfrutar esa felicidad en solitario. Sin embargo, Sísifo estaba ahí. Dichoso, feliz, sin tener el “peso abrumador” del que hablaba Baudelaire, ni tener un límite hacia delante que determinara su absurdo destino. Ni siquiera podría añorar su cuerpo amoratado por los golpes ni la sucia transpiración que laceraba su cuerpo a cada momento. Estaba limpio, sin límites hacia delante, sin dolor. Sísifo había encontrado su felicidad, al decir de Camus, se había puesto enfrente de su propia dicha. Ahora podría vivir sin un destino predeterminado.

Tampoco sabría, en este momento de Sísifo, si volvería a ser aquel rey pendenciero, violento y arrebatador. La vida le había ofrecido otro destino, distinto. La historia, tanto la de los hombres como las del inframundo de los dioses, no nos pueden decir nada al respecto. Sólo imaginar que haya aprendido la lección, que no importaba ser igual que antes de la condena, que los limites no se habían construido para él. Estaba ante una nueva situación. ¿Y qué?

Creo que mi imaginación nunca se cumplió. Nunca he podido llegar a saber si en algún momento, los dioses griegos le harían cambiar nuevamente el futuro de su vida. Que todo desapareciera y volviera a vestirse de aquellos harapos sucios y sudorosos y tuviera que comenzar otra vez a elevar la roca hacia la cima. Pudo ser un instante o un momento eterno en el tiempo de los dioses. Desde que Sísifo había alcanzado su derecho a ser feliz. No sabría si como el resto de los mortales o como los dioses. De todos modos, en lo que se parecía a nosotros, con esa esencia de mortalidad, podía ser feliz. O, al decir del propio Camus, ser dichoso.

Camus en su libro desea explicar el grado de lo absurdo de esta pena y se plantea dos preguntas importantes que van desde la rutina hasta la realidad de la muerte. A tal punto lo hace que la pregunta llega hacia lo más dramático  de la vida humana, como es preguntarse si no es válido el suicidio para escapar de la realidad absurda. El hecho de subir la piedra todos los días genera la repetición que cada ser humano copia en su vida cotidiana: el hábito del trabajo, el dolor insoportable, la pareja, la enfermedad, o vivir simplemente sin un verdadero sentido. A la vez, esta situación se plantea junto con el tema de la muerte. ¿Para qué vivir asi. Ya que al no haber ningún sentido, no sería mejor la muerte? Este planteo lo hace en su libro el propio Camus. Sólo que lleva la conclusión al límite, más allá del pensamiento humano: la pregunta metafísica sobre si es lícito el suicidio.

Nunca sabremos si esta pregunta pudo ser formulada por Sísifo. Es posible que pudo haberlo pensado. Que era mejor morir para eludir ese destino cruel… Sin embargo no está nada dicho ni en la mitología ni en la literatura. Sólo lo que se dice es que Sísifo empujaba todos los días esa maldita roca.

La segunda pregunta que se hace Camus es si Sísifo, al detenerse la roca,  podría ser de este modo feliz. De hecho, parece que no sucedería. Sería puro idealismo. Y la realidad volvería otra vez a transportar con fuerza y transpiración la roca, nuevamente, hacia la cima.

Sin embargo, en mi mente y cada vez que miro el ciclo de Sísifo descubro que él llegó a ser feliz. No se rebeló. Siguió empujando la roca. No insultó a sus dioses, manteniendo vivo el inefable destino del esfuerzo. No se autolesionó  (suicidio) ya que la historia se mantiene como tal y Sísifo sigue vivo en ese raro inframundo de los dioses.

Yo me seguí preguntando si esta nueva realidad podría ser real o al menos, cuánto duraría. Si para siempre en mi concepto de temporalidad, si eternamente en la temporalidad de los dioses del empíreo. De todos modos, un momento de dicha, de felicidad bien valía la pena para todo ser humano o dios. Ni la historia ni la mitología nos hablan de esta posibilidad, pero de ser posible, Sísifo pudo gozar de su dicha, de su felicidad en algún momento de su historia.

Imagino que ese momento llegó. Imagino también que se encontró nuevamente al pie de la montaña ante la roca que lo esperaba. Imagino que la roca estaba quieta y  lo imagino a Sísifo, disfrutando un momento de felicidad que decidiera no avanzar sobre la roca para empujarla. Tal vez haya sido un idealizado sueño para vencer lo absurdo de su destino. Sólo un instante o un tiempo inmedible de los dioses. Levantó sus ropas para que no se enredaran con sus piernas. Ajustó sus casi destruidas sandalias, se acomodó el cabello hacia atrás, escupió sus manos como los picapedreros de su tiempo y se acercó a la inmensa piedra que no sabía por cuanto tiempo la había dejado sin mover: si fueron segundos o algún tiempo especial de los dioses. En tanto, tuvo su momento de felicidad.

¿Esa dicha le creó un nuevo destino? Por lo pronto, debía hacer como lo había hecho siempre, empujar, empujar, empujar.

Seguiría siendo la absurda condena de los dioses. El esfuerzo. la violencia, el trabajo de subir, el fracaso siempre presente de la caída, seguían presentes. Nada había cambiado. Solo me preguntaba si sería capaz de rebelarse. Plantar la roca, mirarla con desprecio y seguir caminando solo en una muestra de razón o de soberbia. ¡Cuanto duraría esa situación sin la reacción de los dioses!

¿Se detendría unos momentos para increpar por su eterno y doloroso destino, insultando a los dioses, con tal fuerza para permitir que emergiera todo su odio junto al dolor inmensamente acumulado? O, finalmente, comenzaría por la aceptación plena de su propio destino. Si así fuera, imagino que se arrimó a la roca, estabilizó sus piernas, respiró profundamente e inició la tarea de empujar bufando con fuerza para moverla otra vez.

La pregunta que se hizo una vez el autor argelino parecía tener una respuesta. Cambiando la perspectiva Sisifo comenzó a disfrutar la dicha humana que los dioses le habían amputado. Siguió arrastrando la roca. Hasta se podría decir que disfrutaba hacerlo y esperaba que el reflejo del sol que por la mañana parecía una sombra, al mediodía le cegaba los ojos. Ahora de felicidad.

Semejante conclusión era un excelente argumento para pensar que a Sísifo se le habían resuelto todos los problemas. Los autores existencialistas, y otros tantos dejarían de hablar del absurdo que era la vida de este ser.

Sin embargo, sus manos siguieron empujando con fuerza la enorme y pesada roca. Las venas parecían explotar por todas las partes de su cuerpo. Los músculos tensos e inflados daban toda la sensación de que su cuerpo no resistiría. Su pecho henchido del esfuerzo y del dolor mostraba un corazón al límite. Sus fosas nasales resoplaban el esfuerzo mientras el sudor oscuro y denso le corría por todo su cuerpo. Recién estaba en la mitad de la ladera. Sabía que debía seguir empujando entre un terreno áspero y desparejo mientras sus pies se llagaban con las piedras cortantes de la montaña. También sabía que al llegar a la cima la roca volvería a caerse hasta llegar al pie de la montaña. Se debilitaba su fuerza, la piedra retrocedería y pasaría por sobre su cuerpo por lo que no le quedaba más remedio que empujar, empujar, empujar.

La historia quedó firme en esa situación. Sísifo volvió a empujar y empujar la roca hacia la cima y lo hizo una y otra vez, cuando ésta se caía esta quedar encajonada en el fondo de la quebrada.

Sin embargo, Sísifo encontró su punto de ser feliz, de considerarse dichoso, al decir de Albert Camus. Es porque ante la muerte prefirió seguir transportando y cumpliendo su pena. Ante la dificultad y ante la posibilidad de cerrar su vida con la muerte eligió volver a subir la roca hasta la cima y aceptó la sentencia de los dioses, con el dolor, la transpiración y el esfuerzo que ello implicaba.

Toda la historia fue la misma. Sólo que Sísifo tuvo la suerte de modificar sus motivaciones. Reordenó sus miradas y marcó un nuevo objetivo. Hizo que lo inalcanzable fuera más real. Ya no fue más importante la cumbre sino el esfuerzo, no el éxito inexistente, sino el objeto de transportar la roca como cumplimiento del destino de los dioses. Cambió el dolor por la resistencia, cambió el absurdo por su felicidad, liberó su energía que lo encerraba en el encierro de la resignación y pudo contener de ese modo el esfuerzo, el dolor, la transpiración.

La historia de Sísifo sin muchas explicaciones se parece a nuestra vida cotidiana. La de la rutina, no sólo la del trabajo o la pareja, sino de la vida que transcurre a veces con objetivos claros pero sin que el sentido inunde la vida. Muchas veces se parece más a la de Sísifo en cuanto al sufrimiento, la enfermedad, la cercanía de la muerte o, simplemente, a una presencia constante y perversa del dolor. Muchos de los que hoy vivimos sabemos el esfuerzo de lo cotidiano, la solución para el aburrimiento de lo repetitivo, la exasperación que produce la parada del micro, los compañeros del trabajo, la cotidiana vida familiar. La crianza de los hijos o los proyectos incumplibles de una vida elegida. Sin embargo, le encontramos la vuelta. Aceptamos alguna forma de readaptación, de encontrar nuevos objetivos, de buscar nuevas metas. Y al final, lo de Sísifo lo realizamos sin darnos cuenta y terminamos por vivir nuestra vida. A ello lo denominamos resiliencia.-

 

Horacio Agustin


[1] La Odisea, Homero,  Versión de Ezequiel Zeidenberg, pág. 100, Ediciones Golu

[2] El mito de Sísifo, Albert Camus,

[3] Baudelaire, Charles, Las Flores del mal, "La mala suerte" (o "El de la mala suerte") Buenos Aires, Losada, 1980.

Quizá mañana...

 


NOTAS DE LOS LECTORES

 . Encontré  un escrito diferente a tus otros libros...pero con la misma agudeza e inteligencia para encontrar las palabras  y expresiones que describe el exacto momento de tantas emociones encontradas!!!!

Admirable tu fortaleza para recrear en estos escritos un momento tan difícil de tu Vida .... qué coraje el Escritor!!!!

R.T.

Reconozco que al principio no tenía demasiada expectativa ya que sabía de qué se trataba y conocía el feliz final de tu recuperación. Sin embargo  me sorprendió el camino de tu recorrido por esos casi 50 días entre soledad, miedo, fantasmas, incertidumbres y profundas reflexiones. Valoro tu lenguaje simple y las estrategias que usaste para salir a flote y recuperar lo cotidiano familiar amoroso con intensidad y sin grandilocuencias. Es una historia que cuenta lo humanamente sencillo pero profundo a tal punto que en lo diario, cuando estaba haciendo cosas de la casa por ejemplo, repiqueteaban en mí tus vivencias como un estado límite agobiante. Los pensamientos oscuros obsesivos tal vez que como humanos transitamos, en tu caso de manera exponencial.

Por otra parte los relatos de lo cotidiano, esas conversaciones simples de todos los días, el valor del apoyo de tu familia, de quienes te cuidaron. Atravesando toda esa complejidad Montse tu musa acompañándote

Es muy aleccionador tu relato que compartis sencillamente para encontrarnos en esto tan complejo que es la vida. Gracias Horacio y Montse!!! 😘😘

M.S.

Y como de compartir se trata deseo también que esta historia que tiene límites profundos, como euforias muy altas también, sea compartida por otra gente. No soy ejemplo de nada ni tampoco mis actos y la relación que he hecho de ellos no es un acto individual, ni solitario ni perdido en el mundo. Es un hecho más dentro de los 10.061.739 casos de COVID19 registrados en nuestro país. Todos ellos han padecido la pandemia de un modo u otro. Con total gravedad, incluida la muerte la que encontró a poco más de 130.000 personas, como a aquellos en que la enfermedad la padecieron con total solvencia. También a quienes no la sufrieron, padecieron lo que es el temor, o la tristeza de los conocidos o familiares que no pudieron sobrevivir o aquellos que ni siquiera pudieron despedir a sus seres queridos. Mi caso, también el de Alejandro, y de otros, no son hechos aislados o que deban ser recordados solo en el núcleo familiar. Ha sido un problema colectivo y como tal debe ser relevado, reevaluado y conversado para encontrar la resiliencia necesaria para los casos iguales o parecidos, en el presente o en el porvenir y que nos permita siempre sobrevivir incluso a través de una penosa resiliencia personal. La vida de todos se lo merece.

Horacio Agustín Walter

La historia que leerán a continuación es una crónica precisa de esos días aciagos en los que no sabíamos a ciencia cierta cuál sería nuestro destino. Horacio describe lo que sucedió allí con aguda precisión, basándose en sus intercambios de WhatsApp con su familia. No es una lectura fácil. He leído cada renglón de este libro y he sentido tristeza y alegría. He revivido sus palabras sinceras de aliento, su obstinada mirada optimista, su lucha por respirar mejor… 

Estoy convencido de que el lector, sin haber estado allí, percibirá y tomará como suyos esos momentos tan difíciles en la vida de un hombre: sus inquietudes sobre la muerte y la vida, la oscuridad y la luz, el irse o el quedarse de este lado. Afortunadamente, él se quedó con nosotros, y aquí nos regala este testimonio.

Alejandro Córsico



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DE ALDEAS Y COLONIAS. Cuaderno de viaje al corazón de los alemanes del Volga. 2023







UNA VIEJA VALIJA DE CARTON- 2022








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Matrioskha

            

Frente a mí, una hermosa muñeca rusa decorada con colores brillantes y luminosos. La figura central, engalanada con una filigrana variopinto, llamaba la atención. Tras una pequeña torsión sobre la parte media, quité la tapa y apareció otra muñeca, aunque más pequeña con la misma figura y distintos adornos. Hice lo mismo hasta llegar a las siete. Las ordené en una fila de mayor a menor. La delicia de observarlas y disfrutarlas durante un momento no tenía precio. Su simplicidad permitía albergar en su seno otras pequeñas muñecas, como las historias de la vida en las que uno las descubre en la medida en que va develando la realidad.



 1.-       El largo camino en medio de campos cultivados de maíz, trigo, algunos con cebadas, otros para el pastoreo, me fue llevando hasta encontrar el pequeño poblado hacia el que me dirigía. No fue difícil encontrarlo. Pude ingresar por sus calles hasta encontrarme con las primeras casas. Con hileras de árboles altos en sus veredas, un variado paisaje de casas bajas y jardines prolijos, ingresaba en un ambiente donde se confundía el perfume de las pasturas circundantes con los olores de una colonia en movimiento, el de las cocinas, el de la panadería, la fragancia de los eucaliptus y los aromos. Me llamaba la atención el ritmo del pueblo. Sereno, sin apuros, como que todo el mundo estaba en sus cosas, como ellos me lo dirían más tarde, los grandes en sus trabajos, los pequeños en la escuela. El objeto era visitar el pueblo de mi infancia, el de mis abuelos, el de mi familia. Reconocerlo, observarlo, mirarlo con mis ojos de adulto y compararlo con los recuerdos de niño. En algo, muy distinto. La modernidad se copiaba en este poblado de no más de tres mil almas. Conectividad, movilidad, nuevas construcciones y comercios. Pero a la vez, lo encontraba igual al recuerdo de mi niñez.

Resonaban en mis oídos las conversaciones en ese dialecto que alguna vez quise balbucear, notaba los aromas que salían de las cocinas, tan iguales a los de la abuela; algunas señoras mayores con sus vestidos largos y oscuros, el cabello recogido en un rodete y un pañuelo claro que rodeando el cuello se anudaba sobre los hombros. Algunos hombres con sus viejos sacones negros y sus sombreros que me remitían a los primeros tiempos de la colonia. La calle de la entrada me fue llevando hacia una más ancha donde se asomaba la iglesia con sus torres, la escuela, las casonas más encumbradas en su tiempo. Un cordón en el medio de la acera permitía un macetero largo, interminable con los flores de estación sumamente cuidadas. No deseaba perderme esta primera visión del lugar, por lo que comencé a circular tanto por la calle ancha como por sus calles interiores para redescubrir la fisonomía de un pueblo que - me han contado - fue creciendo desde su fundación, modernizándose con el paso del tiempo y manteniendo dentro de sus propios pliegues, toda la vida que la historia y la tradición ha creado.

De mis andanzas de chico recordaba apellidos y nombres, quienes vivían en cada casa y que, hoy muy probablemente, no fueran los mismos, como tampoco lo eran las de mis abuelos y mis tíos. Probablemente otra gente viviría allí con los mismos perfumes y con los mismos sonidos guturales del dialecto. Las casas de comercio por un lado, las instituciones privadas vinculadas al desarrollo educativo o tecnológicos, los servicios desde el correo hasta la telefonía, pasando por la cooperativa eléctrica, la comisaría, la radio y el canal televisivo y la delegación municipal. Los pequeños emprendimientos que se crearon, modificaron viviendas, ocuparon los espacios vacíos, lugares de correteos de nuestra niñez. Aparecieron las placas indicadoras de las calles y, a pocos metros del centro, en alguna esquina, algún monumento recordatorio. Más allá. pero no fuera del pueblo, el cementerio, que se ve desde la calle, con sus cercos bajos y su portal eternamente abierto.

Mi primera mirada tenía que ver con el conjunto y la primera conclusión a la que pude llegar era que había una cierta unidad en su faz constructiva donde no desentonaban las casas mejoradas con algunas antiguas que mostraban todavía sus paredes de ladrillos o sus trazos de adobes. Las calles no tenían asfalto, sin embargo, lucían consolidadas y limpias, con sus veredas por las que se podía caminar por sus embaldosados. El antes y el ahora se mezclaban en forma constante. Andar por sus calles era recibir el saludo habitual de vecinos. El tañido de la campana del templo resonó en toda la colonia. Anunciaba el medio día.

 2.-       En ese momento me encontraba frente a la Delegación Municipal a la que ingresé directamente. Me recibieron como si fuera un vecino y entre las presentaciones de las personas presentes, me preguntaron por el motivo de la visita. Sólo me presenté. Nacido en la colonia. Llevado por mis padres a otros pueblos, aunque volvía en forma periódica a visitar la parentela. Hice conocer mi intención de conocer el lugar y adentrarme en la vida de la colonia. En el afable grupo que se había formado, todos hablaban – a la vez - contándome sobre el lugar. Sobre ellos, el pueblo, los campos circundantes, los pobladores. Poco a poco fui ordenando las respuestas.

La colonia tendría unos tres mil habitantes que, por lo general, eran descendientes de alemanes del Volga, aunque con el transcurso de los años ya se había producido una mezcla con habitantes de otras colonias y por supuesto, de otras etnias como españoles, italianos, criollos y otros más. En cuanto a su forma de ser concluí que todos se conocían entre sí, que todos trabajaban, sea en sus campos, en tareas auxiliares. como alambradores, posteros, mecánicos, sogueros. Distintas funciones hacían que cada uno se ganara la vida como podía. El trabajo de campo implicaba los distintos niveles productivos como la agricultura y algo de ganadería, entre ellas, el tambo y la quesería. Otros niveles menores se iban dejando de lado por las dificultades de producir, como el huerto o la quinta, lo mismo que los frutales o la apicultura, salvo aquellos que lo producían en una escala doméstica.

Imaginaba en el transcurso de la conversación que la vida de la colonia era sencilla, con trabajos para todos, con las clásicas excepciones de enfermedades, mala fortuna o adiciones. No existía una pobreza excluyente y se advertía una generalización de la solidaridad. Contaban que el poblado era uno de los tantos que existen en el país con esa conformación de inmigrantes venidos desde Rusia, desde el Río Volga , de etnia alemana, que habían llegado a las orillas del río ruso a partir de la convocatoria de la Zarina Catalina la Grande a partir de 1784, llegando a nuestro país, tras cien años de estadía en la tierra rusa, a partir de 1878. Esos otros pueblos se encontraban diseminados en la Provincia de Entre Ríos, en la de Buenos Aires y La Pampa y también en el Chaco, y seguramente en alguna otra provincia habría una aldea perdida. Y muchos de aquellos descendientes vivían en la Capital Federal como en las grandes ciudades, diseminadas por todo el país. Todas esas aldeas y colonias llegaron a ser hoy poblaciones modernas, conectadas y totalmente integradas a la vida nacional, manteniendo también las viejas costumbres y tradiciones del legado familiar, como el recuerdo de los orígenes, los dialectos y las costumbres que no dejaron de practicar nunca.

 3.-       La conversación fue ingresando a temas propios de su vida y de su historia, lo que respondía a mis preguntas sobre el modo de mantener la herencia ancestral. Es como si encontráramos otra muñeca dentro de la Matrioskha. Desde el uso de la lengua en su forma de dialecto, los modos de mantener estructuras formales en lo doméstico ya sea en la construcción de sus casas y de cómo vivirlas en forma actual; la gastronomía heredada de las abuelas, las danzas y celebraciones especiales que van desde la intimidad hacia lo público. El nacimiento, el bautismo, el matrimonio y la muerte tienen modos particulares de celebración, que no sólo acompañan con sus rezos, sino que implica formas de vestir, de reír y de llorar.

Al descubrir esta tercera muñeca me imaginé ingresar a su mundo cotidiano de vida familiar y colonial  desde muchos años atrás. Los ritos en el templo, el pequeño altar en el dormitorio familiar, lo religioso se vive con ternura y respeto. La mesa amplia tendida para los momentos de la comida es precedida tanto por el laboreo familiar como por la oración de agradecimiento por el pan recibido y el deseo de extensión hacia todos.

El trabajo del hombre y de los hijos varones se estructura a través de lo rural y si conservan el pequeño trozo de tierra desde los orígenes, la trabajan con las escasas herramientas y el esfuerzo de hacerlo todos los días. Los hijos ya desde hace muchos años van a la escuela y se preparan para el futuro que muy probablemente sea distinto a la forma de vida que han llevado hasta ahora. Sin embargo, se hace bajo la tutela de un respeto, de valores conseguidos con el esfuerzo y la fe en ellos mismos y en el futuro. Igual sucede con las niñas. Ya se ha superado el esquema patriarcal de la época de la instalación, aunque se mantengan algunas ideas y comportamientos típicos para la mujer, que hoy ya tiene lugares ganados en esa sociedad. El juego dialéctico de la modernidad y lo heredado se juega todos los días en la vida cotidiana. La iglesia, la escuela, el campo se funden en la necesidad de conocerse entre todos. El lugar de encuentro que normalmente sucedía en el patio de la casa se ha cambiado por una vida social ampliada y la extensión virtual a través de las redes sociales y los nuevos modos de relaciones. La vida familiar y social se desarrolla en esa pública intimidad de la colonia.

 4.-       Una nueva capa aparece cuando llegamos a la cuarta muñeca. Es la historia la que ordena la vida. El recuerdo de la vivencia de los abuelos se transforma en herencia, en educación y en la idea del progreso. El recuerdo de los objetivos de los antepasados que con coraje hicieron su paso-éxodo-migración hacia estas tierras, desconocidas totalmente en cuanto a naturaleza, lenguaje y tipo de gentes. No obstante llegaron, cerraron sus lágrimas de tristeza por haber abandonado la tierra en Rusia, tanto como sus antepasados lo hicieron de la tierra germana. Levantaron su voz para orar y prepararon sus manos para trabajar la tierra desde la nada. Quitaron malezas, nivelaron la tierra y abrieron los surcos para enterrar sus sueños hechos semillas y esperar la bondad de la naturaleza con sus lluvias y con su futuro de espigas. Tambien, prepararon la tierra para anticipar cosechas de rápida recolección, desde las clásicas papas, pepinos y repollos hasta las verduras locales que constituían su supervivencia. Al igual que con la madera de los bosques cercanos o la piedra de los arroyos y las sierras, levantaron rápidamente sus casas para resguardarse, las bases para su templo y un espacio cercano, para que descansen sus muertos.

5.-       Los primeros migrantes que llegaron lo hicieron alrededor de 1878 y no dejaron de hacerlo hasta casi la primera guerra mundial. Venían desde las orillas del Rio Volga donde a lo largo de sus cien años de estadía se organizaron en múltiples aldeas hasta llegar a transformar la región en el granero de Rusia. Su estancia en ese país les permitió mantener su propia lengua  traída del heimat que hoy es Alemania, su propia religión y su familia. Tomaron poco contacto con los habitantes de Rusia, salvo para los negocios y el trabajo y. aunque fueron invitados a ese país para un gran proyecto poblacional, con muchas promesas seductoras, no lograron convivir con la gente local.

Con el paso del tiempo, muchas de ellas se diluyeron; las formas de convivencia por normativas oficiales se modificaron y entraron en una crisis que los llevó a repensar su futuro: pensar en volver a migrar hacia otras tierras donde pudieran superar su pobreza, educar a sus hijos en los valores y en la fe y creer que sería posible vivir mejor. No fue fácil. Significaba decidir una migración, es decir, salir nuevamente de esta tierra, como los antepasados, organizar una nueva partida, desguazar los bienes y comenzar la despedida con aquellos familiares que debían quedarse. Sólo llevarían sobre sus espaldas los recuerdos y la extrañeza, mientras en su pecho guardaban los suelos y su esperanza.

 6.-       Sólo se sabía que a partir de 1763 Catalina la Grande de Rusia había convocado a muchos ciudadanos del centro de Europa, particularmente a la región de la actual Alemania, desde donde ella provenía, a participar de un proceso renovador en Rusia. Deseaba contar con trabajadores y artesanos de esa región para constituir una gran centro poblacional, que más adelante se enterarían, estaría ubicado en los extremos fronterizos del este, en la región del Río Volga, en el óblast de Saratov. En realidad, poblar las fronteras. Con algunos agentes de la Corona rusa, los candidatos a emprender esta aventura, participaron de múltiples reuniones, se organizaron en una gran caravana y partieron. Seducidos por la Zarina, con las prerrogativas de mantener su lengua y sus maestros, cuidar la religión con sus pastores y sacerdotes, trabajar y comerciar libremente, pensar en un futuro y quedar fuera del fantasma de la guerra, los llevaron a iniciar una azarosa marcha hacia estos nuevos horizontes.

Desde distintas ciudades y aldeas, se congregaron para llegar primeramente hasta los puertos del Báltico, en la zona de Lübeck, cruzar el mar hasta San Petersburgo y luego, por caminos polvorientos y pantanosos o por los ríos interiores, incluyendo el Río Volga, llegar hasta el destino final en las orillas de Saratov. No fue fácil dejar sus tierras. Hasta llegar a destino, los separaban más de tres mil quinientos kilómetros, un largo año de travesía, con diferentes climas, que no conocían, por variados países con gentes de muchas formas de vida. Lluvia, frío, calor, caminos de polvo y de pantano, con una sola consigna: llegar. No había otra opción, ya que la vuelta atrás era tan difícil como imposible. Sólo seguir adelante. Mucha gente no llegó. O se quedaron en algunos poblados que los acogieron, o se enfermaron y murieron. Los que llegaron, besaron la tierra rusa y agradecieron al dios de su religión por haberles permitido llegar. Y rogaban que les permitiesen cumplir con ese gran objetivo de vivir mejor.

7.-      Llegué hasta la más pequeña de las muñecas. Tan hermosa y brillante como las anteriores. Sólo que ésta tenía en su base un pequeño orificio con una tapa de vidrio que permitía ver un poco de tierra. Alrededor de esa tapa, con una letra pequeñita, se podía leer casi borroneada una palabra que terminaba en Burg. Nada me indicaba cual podría haber sido aquella aldea desde donde había nacido toda esta historia, tan real como la tierra contenida en la más pequeña de la Matrioskha.

Así suelen ser las historias. Cada cual la interpreta de acuerdo a lo que va viendo y profundizando. Seguramente la tierra guardada tendría el significado de lo que dejaron; familia, olores, pequeños bienes, recuerdos, en última instancia, su tierra. Aunque también podría significar la esperanza que tenían por delante para aventurarse a un nuevo lugar, a una nueva historia de vivir mejor. Esa especie de utopía que cada uno tiene. Todas las muñecas abiertas, como mostrando en su seno un fruto nuevo a descubrir. Jugueteé entre mis dedos con la más pequeña de las muñecas, suave, altamente significante, disfrutando sus colores, los brillos y su decoración. Todo me decía que había llegado al final de una historia. O al comienzo de la misma.

Se que este pueblo se repite como aldeas y colonias en distintos lugares de nuestro país. Aquellos alemanes del Volga que llegaron a fines del siglo XIX hoy viven, a través de sus descendientes, integrados en muchos lugares, en nuestras ciudades. Consolidan profundamente lo que la Constitución Argentina les ofrecía: una identidad en la libertad. Viven y disfrutan de la modernidad y de la presencia de la argentinidad, ofreciendo generosamente sus tradiciones ancestrales, su lenguaje, su gastronomía, su arte y su música.

Tomé a cada una de las muñecas, volví a colocarlas en su lugar y las guardé dentro de la mayor. Una sola historia y muchas a la vez. La Matrioskha más que esconder sus tesoros, los preserva, los guarda y los ofrece a quien desee penetrar en su vida misma, sabiendo que le deparará conocimiento, sorpresa y fascinación. Así es la historia.-

 

Horacio Agustín Walter, septiembre 2024.

Colonia menonita La Nueva Esperanza

Colonia menonita La Nueva Esperanza 

La Pampa - Argentina
 


Para llegar a la Colonia Menonita tuvimos que hacer más de 40 kilóme­tros, saliendo de Guatraché hacia la región de Remecó, por un ancho camino pedregoso, polvoriento y con tramos de molestos serruchos y huellones. En algunos lugares quedaban restos de pantanos recientes, originados por las lluvias. Transitarlo nos llevó más de lo esperado.

La Nueva Esperanza pertenece a la comunidad menonita, con un conjun­to de nueve campos (dorf), que se identifican por su número, aunque tienen su nombre (Campo Limpio, De las Rosas, Valle Florido, Pueblo Nuevo). Su adquisición fue posible con los recursos de 129 familias, distribuyéndose los lotes de acuerdo a su porcentaje de participación. Es posible observar lotes pequeños de 5 ha y otros de 200. Los campos están separados por calles inte­riores, por las que circula el intenso tránsito de pequeños carros (buggy). Son anchas, pedregosas y polvorientas como las del ingreso. No es difícil llegar; algún cartel indicador, y la mirada que se extiende hacia el paisaje, indican que se está en la colonia. Posee una entrada única y nada que impida acceder.

He visto que se organizan circuitos turísticos para recorrerla. Se trata de un contexto diferente en La Pampa, sobre todo por el modo de vida de sus habitantes. Seguramente muchas personas, al igual que yo, desean profundi­zar en el conocimiento de los menonitas.


La historia volguense siempre ha deparado sorpresas que, no por conoci­das, dejan de tener su particularidad. En este caso, su radicación y existencia es diferente a lo que pudieron ser las llegadas desde el Volga o el Mar Negro. Olga Weyne relata el camino transitado por los menonitas:

En 1921, Paraguay extendió a los menonitas una carta de privilegios, seme­jante a la de Catalina II La Grande y Victoria, es decir, autoridad completa en la conducción de sus escuelas, libertad de religión, gobierno local y excepción del servicio militar. Después de inspeccionar la zona -como era costumbre también en los volguenses y en los del Mar Negro- y encontrarla apta para sus necesi­dades, 1785 personas partieron de Canadá rumbo al sur. Los primeros tiempos fueron durísimos a raíz del clima -radicalmente diferente al de sus lugares de origen  y la escasez de alimentos, a tal punto que la cuarta parte desertó o desapareció. Pero ya en 1927 se había fundado Menno, su primera colonia paraguaya, en medio del Chaco Boreal. En 1973 este asentamiento contaba con 10.000 habitantes.21

Sabemos que su instalación anterior en Argentina no ha sido fácil, te­niendo en cuenta el clima distinto al de los lugares donde estuvieron (Méxi­co, Canadá y Chortitza, en Ucrania, junto al río Dniéper). Su origen en La Pampa data de 1985, cuando realizaron conversaciones con las autoridades provinciales y convinieron con ellas sus proyectos. En base a su estilo de vida, los temas giraron en torno al gobierno de la colonia, la independencia escolar, excepciones para el servicio militar y licencia para el uso de su lengua. Tienen en su espacio una escuela propia, en la que hablan el plattdeutsch, con variaciones del holandés. La obligación de los niños es concurrir a ella entre los 3 y los 13 años. Sabiendo que la ley argentina obliga a la enseñanza del castellano, desconozco cómo han resuelto este problema, aunque tengo in­formación de que concurren maestros de la zona para enseñarlo.


Si se desea entender esta comunidad a fondo es necesario conocer la his­toria y los principios religiosos de los menonitas. Son pacíficos y se basan en la fe. Sus orígenes datan del siglo XVI, cuando el sacerdote holandés Menno Simmons inició, junto con un importante grupo de cristianos protestantes, un exilio que les costaría persecuciones y muertes. En plena expansión del pro­testantismo, este pastor formó parte del sector anabaptista (que niega el bau­tismo de los niños) y aceptó solo la doctrina bíblica para determinar la ética y la conducta en la vida personal. Las luchas internas hicieron que Simmons buscara caminos pacifistas y atrajera a comunidades que, en su mayoría, de­bieron alejarse de las ciudades por la intolerancia de los grupos radicalizados.

Cuando Catalina II la Grande publicó su II Manifiesto en 1763 para convo­car a los alemanes y centro-europeos a afincarse en Rusia, los menonitas acep­taron la propuesta y viajaron hacia el este. Uno de los planes de instalación sería:

…les ofrece privilegios como el mantenimiento de su idioma (los menonitas ha­blaban, y hablan un dialecto alemán, el Plattdeutsch o bajo alemán; mientras que la lengua escrita y litúrgica es el alemán o Hochdeutsch); 65 hectáreas de tierras por familia y leña, ambas gratis; libertad para moler, fabricar cerve­za y vinagre; independencia administrativa, escolar y religiosa; exención de impuestos y del servicio militar. Finalmente, se conforma en julio de 1789 la primer colonia, Chortitza a orillas del río Dnieper y con familias llegadas en su gran mayoría de Danzig y del valle del Vístula. Más tarde, en 1803 se funda Molotschna en la provincia de Táurida, al sur de Chortitza.22


Aislados de otras poblaciones, su conducta se basa en el conocimiento de la Biblia y el cumplimiento estricto de sus normas. Nunca harían nada contrario a su religión, ni siquiera en la forma más simple. Antiguamente rehusaron seguir a los grandes señores, obedecerlos y sumarse a sus ejércitos, sin importar las amenazas ulteriores. Aprendieron que el aislamiento era su mejor defensa y la razón de su continuidad. Encuentran los principios de su existencia en el pacifismo, la igualdad y el intento permanente de no conta­minarse con los pecados del mundo.

Cuando uno se asoma a conocer La Nueva Esperanza no debe olvidar esos principios básicos. A partir de 1996 se instalaron algunas familias en esta región pampeana para iniciar la organización de la colonia. Más tarde llegaron otras desde Santiago del Estero, hasta formar la actual población, que ronda los 1800 habitantes. Lo hacen casi silenciosamente, en soledad, alejados de los pueblos vecinos. Guatraché, la localidad más cercana, se en­cuentra a unos cuarenta kilómetros.

Con más de 10.000 hectáreas de extensión, su vida se desenvuelve en for­ma muy particular. Los límites están marcados por alambrados comunes en los linderos, Además de la calle de ingreso, están las que dividen los nueve campos y que sirven de enlace, como una gran nervadura, para la comunica­ción interna. Otras callecitas terminan de unir los lotes.

A medida que uno se interna puede observar el perfecto tendido de los alambrados y la prolijidad de las entradas a los terrenos con viviendas y talle­res. Hay orden y limpieza por doquier. Y también silencio. Visto desde arri­ba, es un gran cuadrado con muchos lotes, lo que habla de una distribución meticulosamente planificada.

Lo que también sorprende son las personas trabajando en sus quintas o talleres, todos vestidos de igual manera: los hombres con mamelucos azules, las mujeres con vestidos floreados y una capelina con cinta violeta.

Cada familia tiene su propio lote, donde se encuentra la vivienda y el espa­cio en que cada integrante desarrolla su actividad. Los hombres trabajan en talleres de producción de herramientas y servicios de chapa y hierro para silos, secaderos de cereales, bebederos y alimentadores de animales, norias, tolvas y carretones para transporte de cargas pequeñas o estructuras pesadas. Son especialistas en herrería, fabrican carros, volquetes, trailers para traslado de ha­cienda, andariveles, cepos, galpones, silos y tinglados de chapa con estructura de hierro. Venden sus productos a clientes de campos vecinos y de la provincia de Buenos Aires. La carpintería es su otra gran actividad, especialmente para la construcción, con estructuras de obra, aberturas de puertas y ventanas y muebles de madera de algarrobo para interiores. En los corralones se observan postes para alambrado, estacas, varillas, tirantes y maderería en general.


El modelo económico es de carácter mixto. La base agropecuaria es la pro­ducción de cereales (maíz, trigo, girasol), no tanto para venta masiva como para pastoreo y resiembra, y la lechería. Las vacas se alimentan en el campo o con rollos de pasto natural cuando las pasturas escasean, ya sea por sequías o en invierno. La región es más bien seca, y los regímenes de lluvia nada tienen que ver con la Pampa Núcleo de Buenos Aires. Se habla de que tienen vacas para producir hasta quince mil litros diarios de leche, que procesan en sus propias queserías. Venden el producto terminado al exterior.

En esta visita he podido constatar máquinas modernas bajo sus tinglados, y el uso de agroquímicos, que adquieren en la ferretería del predio. La tierra pedregosa no es de las mejores para ser laboreadas sin la utilización de estilos especiales de producción rural, o sin la ayuda de fertilizantes.

No dejo de lado la producción de la huerta, tanto para el consumo propio como para la venta de excedentes al exterior. Una primera mirada indica que sería tarea propia de mujeres, ya que las he visto con sus azadones limpiar las malezas, conducir el agua y preparar la tierra. Sin embargo, los hombres 150 también participan y los niños a su lado, jugando o copiando el trabajo de la madre con algunas herramientas. En la oferta de productos de almacén hay frascos de miel, salsas y dulces.

Tareas menos visibles, como la costura y la zapatería, se realizan en las casas. He visto en sus salas tres o cuatro máquinas de coser. Los menonitas visten, como he referido, de modo muy similar entre ellos. La vestimenta facilita, de modo directo, la percepción de la igualdad. La ropa masculina consiste en un mameluco azul, camisa rústica a rayas o cuadros, por lo ge­neral azul o violácea, borcegos de trabajo y gorra con visera. Pueden añadir una campera azul o gris oscuro si hace frío. Los niños visten igual, solo que usan zapatillas o sandalias y un gorrito similar al de los mayores. Las mujeres utilizan el vestido hasta debajo de las rodillas, con cuello cerrado, mangas largas en invierno y cortas en verano, de color violeta o azul y estampados florales. Completan el atuendo con un pañuelo al cuello, bordado y con fle­cos, blanco en el caso de las solteras y negro para las casadas. Debido al calor, en verano omiten usarlo. Lo que nunca falta es el sombrero o capelina con la cinta violácea.


Trasladan sus productos en medios prácticos y modernos, como camio­netas con trailers, para realizar las entregas. Por los caminos del predio cir­culan con sus buggies, los típicos carros tirados por un caballo, con ruedas de goma y parasol. Los conducen las mujeres y los niños, y son utilizados para superar las distancias internas entre familias, amigos, la escuela y el trabajo. Cuando se presentan situaciones imprevistas, como enfermedades, o la ne­cesidad de hacer un trámite, viajan a la capital de la provincia o a los pueblos vecinos en sus camionetas y se los ve caminando por sus calles al igual que cualquier ciudadano.

La tecnología no les llama la atención ni les complica la existencia. Usan el celular por razones comerciales, pero no miran televisión, no escuchan radio, no usan computadora ni nada que vaya a trasmano de su vida austera o pueda distraerlos de sus tareas. Las viviendas tienen equipos electrógenos para suministro de luz, carga de celulares y provisión de energía para filtros de agua, heladeras, hornos y freezers. Las computadoras están presentes en los locales para el cálculo, la facturación y el intercambio comercial.

Mi especial interés era conversar con alguien de la comunidad sobre su estilo de vida. Al principio, los intentos de acercamiento no llegaron a la comunicación. Con la mano me decían que no avanzara, sobre todo las mu­jeres, casi siempre acompañadas por sus niños; daban vuelta la cara y miraban hacia otro lado. Sin embargo, pude hablar con algunos hombres, indicando mis intenciones con respeto. También pude acercarme a un par de jóvenes trabajadoras. La charla giró alrededor de temas como la vida social, familiar e individual, sus rezos, comidas y reuniones.

Con otras personas el encuentro fue más sencillo. Tienen un sentido del pudor y la intimidad que preservan con celo. Cuando entienden que ese prin­cipio será respetado se abren a la conversación. Juan, David y Abraham me hablaron de sus razones de vida. En lo social, particularmente en lo religioso, viven de acuerdo con la tradición protestante. Con una existencia muy auste­ra y puritana, solo toman contacto con la gente de afuera con motivo de sus actividades comerciales, hacerse de artículos necesarios y limitar la comuni­cación a lo mínimo e indispensable.


En una ocasión me invitaron a pasar a una vivienda para conocerla y te­ner una visión más completa de la intimidad familiar. Por fuera, las casas no se diferencian entre sí, ni siquiera los grandes galpones de sus talleres. Las dependencias (dormitorios, baño, cocina) son cómodas, limpias y ordenadas. Las familias suelen tener varios hijos y disponen de habitaciones individua­les, aunque también he visto dormitorios con tres o cuatro camas. La cocina es amplia y dispone de todos los recursos necesarios, al igual que el baño. Hay espacio para reunirse y recibir visitas. Poca decoración, pero pude observar adornos, juegos y símbolos religiosos.

La jornada comienza muy temprano, cuando se levantan para el ordeñe de las vacas. Colocan la leche en tachos, que serán llevados en carro a la quesería. Desayunan y luego comienzan las tareas de la casa, en la huerta o el taller. Los niños de tres a trece años van a la escuela, donde el maestro les enseña, en alemán u holandés, principios básicos de matemática, lectura y religión. La familia se reúne para el almuerzo y la cena; los que trabajan en el taller comen en una sala aparte. Por la noche, antes de dormir, hay conversación y lectura de libros religiosos.

 

Mantienen un dialecto entre holandés y alemán. Poca gente habla caste­llano, lo cual influye en su desinterés en comunicarse con los turistas. Quie­nes lo dominan, ya sea por haberlo aprendido en la escuela o en el trato con los clientes, lo hacen muy bien y no se muestran tímidos. Lo mismo sucede con los niños, que hablan de sus juegos, de fútbol, de los clubes locales y las grandes ligas, al tiempo que describen a los jugadores que admiran: Messi, por supuesto, aunque también me hablaron de Mbappé y Neymar. Se advier­te la presencia del teléfono celular con datos móviles. Sus únicos libros son religiosos, en particular la Biblia, escritos en holandés o alemán.

Pregunté si la extensión de la colonia es adecuada para las necesidades actuales, y me dijeron que se encuentra al límite. Están gestionando el au­mento de hectáreas porque, con cada casamiento, debe haber un lote para que el nuevo matrimonio pueda vivir y trabajar. De no conseguir, se verían obligados a subdividir los existentes.

A Khaterina, hija y empleada en la ferretería de Loewn, en el campo 2, le pregunté si los jóvenes que trabajan fuera de la colonia (por ejemplo, para entregar sus productos) opinan que la vida exterior es mejor que la propia, y si les gustaría vivir de otro modo. Me dijo que observan el mundo, pero saben que su existencia se desenvuelve en función de su pensamiento y formación. Por ende, prefieren seguir en la colonia. Le consulté si habría alguien que hubiera dejado la colonia para no volver. La respuesta fue que todos regresan. En un caso así, el retorno sería con el permiso de los mayores o del pastor. Quise saber qué opciones había para alguna persona que no quisiera vivir en Nueva Esperanza, y manifestó la conveniencia de mudarse a la colonia de Santiago del Estero o de Bolivia. A pesar de la dureza de mis preguntas, la cordialidad quedó flotando con toda naturalidad. La buena disposición de Khaterina para el diálogo quedó en mi memoria como uno de las experien­cias más simpáticas de la tarde.

A lo largo de mi visita fui comprendiendo que la comunidad menonita no es atrasada en el tiempo ni está fuera del mundo. Es una expresión de vida en función de su conducta y principios religiosos. Claro que a los visitantes les puede llamar poderosamente la atención. Es aquí donde la comprensión debe ser total, para no caer en comparaciones ni juicios equivocados, como esas expresiones comunes que sugieren atraso, medievalismo o vida inso­portable. El punto de partida para esa comprensión no hay que buscarlo en un sistema de producción económica, sino en el entendimiento, como se ha dicho, de su fundamento religioso.

Me propuse revisar algunos conceptos y encontré el que creo más impor­tante: Christenvolk, el sentido de ser menonita. Implica un grado de pureza que no debe ser contaminado. De ahí sus esfuerzos por descartar la como­didad. El alejamiento de las ciudades, con las limitaciones que conlleva, es una filosofía de vida. Preservar la educación impartida por ellos o su pastor es mantener el espíritu menonita, aunque implique una total ausencia de com­promiso con lo político o lo que sucede alrededor. Cañas Botto lo explica: 



Por otro lado, son conscientes de la función del sistema escolar en  la   construcción de la identidad nacional, que ellos consideran pernicioso debido a que está ínti­mamente relacionado con lo que denominan        política. 
Ellos se consideran meno­nitas (y por ende Christenvolk) antes que… argentinos, bolivianos, mexicanos, canadienses, rusos, o alemanes. Por otro lado, piensan que las identificaciones nacionales son    una identificación con el mundo y atan al individuo al mismo, por lo tanto, no son compatibles con su condición de Christenvolk. Parece ser que en Cuauhtémoc, hay menonitas que, proviniendo de colonias que aceptaron el sistema educativo mexicano, ocupan cargos públicos en la administración mexi­cana. Lo mismo ocurrió en Paraguay. Esto es inaceptable para los Altkóloniers. Es a través de su concepción de la “política” que reinterpretan la separación de la Iglesia del Estado. La exaltación de la persona es una de las cosas más pecaminosas. Es para ellos “hipocresía” ya que no es la persona la que vale en sí sino la Gracia que Cristo otorga. Al exaltar la persona se niega a Cristo. La política es uno de los medios a través de los cuales se exalta a la persona, y por ende es considerado pecaminoso. La política es uno de los ámbitos donde se pone en juego el poder que es algo demoníaco además de terrenal. Por lo tanto, la po­lítica, debido a su carácter netamente terrenal, no puede ser llevada a cabo por los Christenvolk. Por otro lado, los Christenvolk deben ser pobres y su pobreza es algo que resaltan constantemente en su discurso. Cristo vino para los pobres, y los ricos no se salvarán. El Reino de los Cielos es para los humildes y los que están en política no lo son.23

 

Mi paso por la colonia ha sido una vivencia particular. Me asombró el silencio, la falta de música, de gritos o situaciones conflictivas. Pude disfrutar la calidez de los niños y su picardía, hasta cuando me cobraron unos pesos por tomarles algunas fotos. Risueña o no la anécdota, no son distintos a los nuestros. Más tarde pateé unos penales con ellos, hinchas de River como yo, aunque su padre es de Boca.

Se dice que no han existido delitos importantes en muchos años. Los delitos privados no se conocen y, si los hubiera, quedan dentro de la co­munidad, al igual que su propio sistema de juicio y castigo, del cual no he podido hablar. Lo cierto es que estos colonos fueron estafados en distin­tas oportunidades, por ejemplo vendiéndoles macetas con ramas como si fueran plantines o perfiles y postes de madera que durarían poco tiempo. Ellos mantuvieron su prudencia y templanza y siguieron adelante. Sus ideas basadas en la paz interior y en la vida religiosa, que los mantiene lejos del “mundanal ruido”, han hecho de esta comunidad un ambiente apacible y de trabajo honesto.

HORACIO AGUSTIN WALTER

Extractado del libro De aldeas y colonias. Cuaderno de viaje al corazón de los Alemanes del Volga. Ed. Imás. La Plata. 2023-

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20 Departamento Guatraché. Con 4600 habitantes (Censo 2010). Coordenadas: 37°37´S 63°52´O.147

21 Weyne, Olga. (1987). El último puerto. Buenos Aires: Editorial Tesis, Instituto Torcuato Di Tella, pág. 114.148

22 Cañas Botto. Lorenzo. (1998). Christenvolk Historia y etnografía de una colonia Menonita. Buenos Aires: UBA, Facultad de Filosofía y Letras, Tesis de Licenciatura de Antropología, pág 45. 149

23 Weyne, Olga. (1987). El último puerto. Buenos Aires: Editorial Tesis, Instituto Torcuato Di Tella, pág 101.154