Sísifo, Mito y realidad

 


Sísifo debía ser dichoso.

Albert Camus

 

En algún lugar del universo.

                Sólo se escuchaba el silbido del aire fresco que soplaba sobre la ladera y, mezclado con él, el fragor de una roca que tenía por destino la cima de la montaña. Las manos callosas, casi ensangrentadas que la empujaban con fuerza no eran otras que las de Sísifo. También sus venas hinchadas a punto de explotar en toda la superficie de su piel, al igual que sus músculos tensos y fuertes. El pecho, sucio por el sudor y el polvo de la tierra, se encontraba totalmente apretado por el esfuerzo en tanto  el dolor motorizaba a su corazón a límites impredecibles. Su amplio tórax  se inflaba a medida que aspiraba el aire para oxigenar sus músculos frente a la inmensa mole que tenía por delante. Sus fosas nasales resoplaban el increíble  esfuerzo mientras el sudor oscuro y denso le corría por todo su cuerpo. La piel brillante por las gotas de sudor se laceraba en el contacto áspero y filoso de la  roca que empujaba con todo su cuerpo. Imposible detectar si las gotas que bajaban de sus ojos eran lágrimas de dolor o simplemente la transpiración que emergía por los poros de su piel. Al igual que era imposible saber si la fuerte respiración se podría confundir con lamentos interiores que escapaban de sus sentidos.

 Toda la fuerza de su cuerpo se afirmaba sobre sus piernas que, junto con sus brazos, sus hombros y su pecho  empujaban el peñasco hacia arriba. No había un punto de descanso. Todo el esfuerzo se derrumbaría ni bien llegara a la cima y el mismo volvería a desbarrancarse  (Sísifo lo sabía), hasta quedar paralizado en la base de la ladera.  Recién estaban por la mitad del ascenso.

Entendía que debía seguir empujando esa misteriosa roca que el destino le había puesto ante su cuerpo. Debía hacerlo sobre el terreno áspero y desparejo, en tanto sus pies se llagaban con las piedras cortantes. Lo peor era que ni bien llegara a la cima, la roca volvería a caer estruendosamente hasta llegar al pie de la montaña. A pesar de contar con un cuerpo cada vez más débil y las fuerzas al límite del colapso, no debía dejar de empujar ya que  la piedra podría retroceder y aplastarlo. No le quedaba otra alternativa. Sólo empujar, empujar, empujar.

En palcos imaginarios, los dioses griegos observaban el duro cumplimiento de un castigo que habían ordenado. Placer, cumplimiento de los destinos mitológicos, alegría ante el sangrante y terrible espectáculo. Los dioses contemplaban la violencia del cumplimiento de los eternos destinos. Sin piedad, sin venganza, sin odios. Sólo el destino de las leyes eternas que, en su inframundo, habían sancionado.

Así todo el tiempo. En aquella montaña del mundo mitológico (los Cárpatos según algunos escribientes) al que lo habían confinado los dioses griegos, Sísifo levantaba el peñasco desde un momento en que se inició este destino aciago a nuestras miradas humanas. Absurdo, severo, cruel y eterno, muy lejos de nuestra justicia y comprensión. No obstante, en ese mundo especial, la condena debía ser cumplida. No sabría si mis ojos humanos captaban con objetividad y justicia este terrible hecho. Lo que sí sabía era que estaba sucediendo ante mi mundo.

Con todo, Sísifo pudo instalar la roca en la cima de esa montaña. No alcanzó a refregar su rostro ni siquiera para quitar el excesivo sudor cuando automáticamente volvió a repetirse el ciclo de su condena con la caída estruendosa y abisal de aquella roca elegida por los dioses. La observaba caer rodando,  sobre los peñascos, rompiendo con su rebote  los ramajes secos de los pocos árboles de altura  y las salientes pedregosas que obstaculizaban la caída,  hasta que, por fin,  se estabilizó en el fondo de la quebrada.

Secó con sus toscas y lastimadas manos la transpiración de su rostro, acomodó sus cabellos y comenzó a bajar lentamente la colina para iniciar una vez más el durísimo rito de llevar otra vez el objeto de su condena  hacia la cima. Orden de los dioses.

Se ha considerado que la existencia de Sísifo no sólo resultaba dolorosamente insufrible. Debía cumplir un destino absurdo que sólo finalizaría con su muerte. Un ciclo definido de antemano por una condena de los dioses que como humano jamás podría comprender como tampoco podía hacerlo con el pensamiento íntimo de este personaje.

Intentaba mirar sus ojos. Nublados por la transpiración sucia de su cuerpo, no lograba ver su alma a través de las pupilas. No encontraba ninguna huella de odio, tampoco rebelión, ni siquiera resistencia. No lo entendía. Tanto esfuerzo, tanto sufrimiento y ni un gesto de oposición. Tampoco de aceptación clara.

¿Podría Sísifo volver a intentar el absurdo de llevar nuevamente la roca hacia la cima? Hasta ahora él no mostraba una gran resistencia ante la pena que debía cumplir. Superaba con alguna fuerza la fatiga y el dolor aunque no sabría que estaba sucediendo en su interior. ¿Era la resistencia el único modo de superar la condena? Difícil poder afirmarlo cuando se encontraba en juego todo su ser físico que se consumía en el esfuerzo de llegar a la cima y, a la vez, ¿comprendía su mente que, pese al esfuerzo, su misteriosa roca volvería a caer abisalmente al pie de la colina?

Siempre supe que Sísifo fue un ser desafortunado. Humano o dios, me causó pena la sentencia a la que el destino lo había condenado. Esta historia la leí de pequeño. La volví a leer en mi juventud y se mantiene presente en el presente. Un  personaje trágico. No sabía si era pena, sorpresa o curiosidad lo que me llevó a sentir distintos tipos de sensaciones a medida que mi percepción de la realidad se completaba con la comprensión de los valores humanos aprendidos. No alcanzaba a entender qué tipo de locura o cuan grave pudo ser el crimen que habría realizado como para hacerse acreedor de  semejante sentencia. ¿Qué habría pasado realmente para que lo condenaran a algo tan penoso que le complicara la vida para terminar dramáticamente su futuro o su vida de ese modo? Si bien siempre supuse que el mundo de los dioses era mucho más complicado que el nuestro, creía que podría tratarse de alguna venganza o de alguna tropelía hacia su persona. Mi propio mundo adulto me hizo preguntar si no había realmente situaciones serias en la vida de Sísifo que le hubieran complicado su existencia y que,  sus propias acciones y sus culpas, lo hubieran llevado a sufrir determinado castigo.

“Vi de igual modo a Sísifo, que soportaba una labor muy dura, empujando una piedra con las manos, intentando llevarla hasta la cima de un monte; sin embargo, cuando ya estaba cerca de la cumbre, una fuerza irresistible volvía a empujar la roca cuesta abajo; y nuevamente Sísifo emprendía la tarea, y el sudor le corría por el cuerpo y sobre su cabeza se levantaba el polvo”.[1]

Realmente la literatura mitológica de los griegos me hacía entrometer en estas historias que, en un principio, parecerían no tener pie ni cabeza. Un hombre condenado a algo tan absurdo…  No me imaginaba al mundo de los dioses que no contemplaran las causas y los efectos de las cosas.  No obstante, a lo largo de la literatura universal nadie dejó de escribir sobre este ser infeliz. Lo desgraciado, lo lastimoso, lo absurdo, lo cruel, lo sorpresivo fueron los distintos puntos de vista con que los escritores de todas las épocas subrayaron y trajeron esa historia a la vida de los humanos. La literatura universal siempre ha hablado de la lucha constante, del esfuerzo cíclico ante un destino ineludible.

Casi todos lo culpaban de sus propias acciones. Su vida aventurera, aprovechadora, violenta no era solo para los dioses un desperdicio. Era una acción digna de ser castigada. No obstante, hubo escritores que subrayaron la fuerza ineludible del destino. Otros, el carácter absurdo de la pena y en consecuencia, de la vida.

Tuve que hurgar en muchos libros para descubrir la verdadera historia mitológica de Sisifo. Sísyphos significa sólo eso, que es muy astuto. He debido basarme en los dichos de los otros y he encontrado muchos y similares detalles sobre su vida. En todos era fácil encontrar las razones de la furia de los dioses. Su genealogía nos dice que era hijo de Eolo y Enareta, quienes habían tenido otros seis hijos más. Sus posibles matrimonios siempre fueron un fastidio familiar. Independientemente de los intereses de los padres, también él aportaba los suyos haciendo de la elección una situación tan caótica como conflictiva y dificultosa.

Se casó con Mérope, hija de Atlante. De familia real llegó al trono de Efira (un antiguo nombre de Corinto, que algunos afirman que él mismo la fundó) y fue coronado rey.  Como tal se encontraba en los mejores lugares económicos y sociales de toda la Grecia. Sin embargo el poder no le mejoraba la situación. Al contrario, siendo un hombre poderoso, la impiedad y la astucia lo llamaban a tener primacía en los intereses sociales y económicos. Más de estos últimos que los primeros. Antes de casarse con Mérope pidió la mano de Mestra, hija de Glauco rey de Etón. Ya aquí comenzaron sus problemas. Etón es conocido en la mitología como un ser que todo lo que encontraba lo consumía, por lo que su vida siempre resultaba un enorme proyecto hacia el futuro. Debía conseguir todo lo que estaba a su alcance. Glotoneria y avaricia se juntaban.  Hasta que aprovechó para cambiar a su hija Mestra por bienes que le resultaran dignos para su propia satisfacción. Sisifo se la canjeó a Etón por grandes sumas de dinero y de ganado. El negocio no funciónó. Mestra  tampoco era una mujer fácil ya que una vez que se enteró de  negocios de su padre, lo dejó a Sisifo y volvió al palacio paterno. haciendo que Sísifo armara grandes revueltas para que el rey de Eton le devolviera la ingente dote en ganado y animales que le había dado nuestro héroe. Problema que no se resolvió en forma terrestre y hubo que llamar a los dioses para que se impartiera la justicia correspondiente, a la que al final y no sabemos  el porqué, desistió Sisifo.

La historia de los mitos basa sus afirmaciones de distintas fuentes por lo que es muy difícil concretar la cantidad de hijos que Sisifo tuvo, ya que algunos hablan de cuatro, otros de dos, algunos con hijos de semidioses y llevan las historias hasta los orígenes.

Su carácter ejecutivo lo llevó a tener importancia en empresas vinculadas con la navegación y el comercio. Astuto e impío se le cuentan muchas aventuras, algunas en las fronteras del delito y el crimen. El cuerpo de Melicertes, un eximio atleta de los juegos olímpicos de Corinto fue hallado muerto junto a la orilla. Todos los indicios señalaban a Sisifo como su posible ejecutor.

En su vida encontramos muchísimas situaciones que nos transportan a un punto importante como objeto de la gran pena punitiva que le correspondió, y en consecuencia, el castigo que conocemos. Nuestra fuente más importante es Homero quien no refiere nada sobre el castigo o la razón del mismo. Entonces hay que recurrir a las “malas lenguas”, las que hablan de una situación de alcahuetería y que Sísifo le ha contado al dios de los ríos y en las que Asopo tuvo intervenciones en el rapto de su hija Egina que había sido realizado por Zeus. Evidentemente había tocado las fibras más importantes de la autoridad divina. Por lo tanto, el castigo divino sería  proporcional a la injuria realizada en lo más alto de la divinidad. Otras razones como la impiedad, el atraco de los viajeros, el rapto e incluso el asesinato, son importantes razones pero no llenan el carácter judicial de su condena. ​

Esquilo en su obra  Sísifo fugitivo nos cuenta que Zeus decide castigar a Sísifo por haber revelado el paradero de la ninfa Egina y envía a Tánato con la misión de arrastrar al indiscreto mortal al Hades. Realmente Zeus había encontrado en Sísifo una razón muy importante para ocultar los pecados de los dioses. Sin embargo, no lo pueden encontrar ya que éste había iniciado un operativo mucho más importante dentro de la movilidad de los dioses que era congelar a  Tánato, atando a la propia Muerte con lazos de acero, haciendo que mientras la muerte estuviera funcionalmente inoperante, nadie podía morir en ese tiempo.

 Zeus, preocupado, envía a Ares para que libere a Tánato y pueda llevarse a Sísifo consigo. Antes de morir, el avispado mortal encarga a su esposa que no le tribute ninguna honra fúnebre. Una vez en presencia de Hades, el artero Sísifo se lamenta de que su mujer no le ha sepultado de acuerdo con la costumbre y suplica a Hades que le permita regresar a la tierra para reprender su conducta. Hades accede y Sísifo, por supuesto, incumple su palabra y no regresa al lnframundo. Al cabo de los años, Sísifo fallece de muerte natural y debe retomar, quiera o no, dar cuentas ante Hades de su conducta.

 

 

El mundo del absurdo apareció entre los literatos existencialistas del siglo pasado. Albert Camus me impresionó con sus reflexiones sobre este ser. A partir del sufrimiento se preguntaba el porqué del destino de este hombre. Luego también se preguntaba por las distintas calificaciones con que podría definirlo. Lo cruel, lo doloroso, lo absurdo, el acercamiento a la muerte, incluso las posibilidades del suicidio. Tal vez, su pregunta más difícil de responder era por qué Sísifo no podría ser feliz, estando atado a tan infortunada pena como la que había recibido. Se lo preguntaba positivamente: Sisifo debía ser dichoso. La única manera posible de que Sísifo podría alcanzar la dicha sería – por obra no sé de qué acción – que la roca un día no se cayera, se quedara quieta en el cima de la montaña y a partir de ese momento, Sísifo tendría otra vida por delante.[2]

De todos modos, siempre me he preguntado si realmente Sísifo sabía el significado de su condena, si realmente la cumplía porque la había naturalizado en su ser o si realmente – como parte del guion mitológico griego – no era más que cumplir con el destino. Algo asi como José K. (el personaje del Proceso de Kafka) que no sabe de qué se lo acusa. O si cree que lo comprende, o no alcanza a asombrarse de tan absurda acción. De él también habla Camus en la misma obra.

La historia muestra estos personajes que sufren cómo sobre llevar su destino. Puede ser el caso de Baudelaire, ese poeta maldito que se sentía ignorado,  que se entierra en  las soledades profundas creyendo (en aquel poema sobre el de la mala suerte) no tener el coraje que tuvo Sísifo para levantar un peso tan abrumador[3]. Magnifica la actitud del héroe griego en tanto él no puede salir del marasmo de su propia desgracia por la que se autodefine como autor maldito.

 

Imaginé que, en este inframundo mitológico, sucediera que en un día  cualquiera, la roca quedara firme en la cima, que no se moviera, que no cerrara el ciclo con la caída. Hasta el propio Sísifo se asombraría al advertir que no se cayera hasta el fondo de la quebrada. Imagino que  Sísifo bajaría de la montaña sabiendo que no tendría el infortunio absurdo de volver a empujar su destino hasta ahora ineludible. Correría por el monte hacia su pueblo, del que había sido su rey, con seguridad sin encontrar a nadie. No podría comunicar su dicha por lo que debió comenzar a disfrutar esa felicidad en solitario. Sin embargo, Sísifo estaba ahí. Dichoso, feliz, sin tener el “peso abrumador” del que hablaba Baudelaire, ni tener un límite hacia delante que determinara su absurdo destino. Ni siquiera podría añorar su cuerpo amoratado por los golpes ni la sucia transpiración que laceraba su cuerpo a cada momento. Estaba limpio, sin límites hacia delante, sin dolor. Sísifo había encontrado su felicidad, al decir de Camus, se había puesto enfrente de su propia dicha. Ahora podría vivir sin un destino predeterminado.

Tampoco sabría, en este momento de Sísifo, si volvería a ser aquel rey pendenciero, violento y arrebatador. La vida le había ofrecido otro destino, distinto. La historia, tanto la de los hombres como las del inframundo de los dioses, no nos pueden decir nada al respecto. Sólo imaginar que haya aprendido la lección, que no importaba ser igual que antes de la condena, que los limites no se habían construido para él. Estaba ante una nueva situación. ¿Y qué?

Creo que mi imaginación nunca se cumplió. Nunca he podido llegar a saber si en algún momento, los dioses griegos le harían cambiar nuevamente el futuro de su vida. Que todo desapareciera y volviera a vestirse de aquellos harapos sucios y sudorosos y tuviera que comenzar otra vez a elevar la roca hacia la cima. Pudo ser un instante o un momento eterno en el tiempo de los dioses. Desde que Sísifo había alcanzado su derecho a ser feliz. No sabría si como el resto de los mortales o como los dioses. De todos modos, en lo que se parecía a nosotros, con esa esencia de mortalidad, podía ser feliz. O, al decir del propio Camus, ser dichoso.

Camus en su libro desea explicar el grado de lo absurdo de esta pena y se plantea dos preguntas importantes que van desde la rutina hasta la realidad de la muerte. A tal punto lo hace que la pregunta llega hacia lo más dramático  de la vida humana, como es preguntarse si no es válido el suicidio para escapar de la realidad absurda. El hecho de subir la piedra todos los días genera la repetición que cada ser humano copia en su vida cotidiana: el hábito del trabajo, el dolor insoportable, la pareja, la enfermedad, o vivir simplemente sin un verdadero sentido. A la vez, esta situación se plantea junto con el tema de la muerte. ¿Para qué vivir asi. Ya que al no haber ningún sentido, no sería mejor la muerte? Este planteo lo hace en su libro el propio Camus. Sólo que lleva la conclusión al límite, más allá del pensamiento humano: la pregunta metafísica sobre si es lícito el suicidio.

Nunca sabremos si esta pregunta pudo ser formulada por Sísifo. Es posible que pudo haberlo pensado. Que era mejor morir para eludir ese destino cruel… Sin embargo no está nada dicho ni en la mitología ni en la literatura. Sólo lo que se dice es que Sísifo empujaba todos los días esa maldita roca.

La segunda pregunta que se hace Camus es si Sísifo, al detenerse la roca,  podría ser de este modo feliz. De hecho, parece que no sucedería. Sería puro idealismo. Y la realidad volvería otra vez a transportar con fuerza y transpiración la roca, nuevamente, hacia la cima.

Sin embargo, en mi mente y cada vez que miro el ciclo de Sísifo descubro que él llegó a ser feliz. No se rebeló. Siguió empujando la roca. No insultó a sus dioses, manteniendo vivo el inefable destino del esfuerzo. No se autolesionó  (suicidio) ya que la historia se mantiene como tal y Sísifo sigue vivo en ese raro inframundo de los dioses.

Yo me seguí preguntando si esta nueva realidad podría ser real o al menos, cuánto duraría. Si para siempre en mi concepto de temporalidad, si eternamente en la temporalidad de los dioses del empíreo. De todos modos, un momento de dicha, de felicidad bien valía la pena para todo ser humano o dios. Ni la historia ni la mitología nos hablan de esta posibilidad, pero de ser posible, Sísifo pudo gozar de su dicha, de su felicidad en algún momento de su historia.

Imagino que ese momento llegó. Imagino también que se encontró nuevamente al pie de la montaña ante la roca que lo esperaba. Imagino que la roca estaba quieta y  lo imagino a Sísifo, disfrutando un momento de felicidad que decidiera no avanzar sobre la roca para empujarla. Tal vez haya sido un idealizado sueño para vencer lo absurdo de su destino. Sólo un instante o un tiempo inmedible de los dioses. Levantó sus ropas para que no se enredaran con sus piernas. Ajustó sus casi destruidas sandalias, se acomodó el cabello hacia atrás, escupió sus manos como los picapedreros de su tiempo y se acercó a la inmensa piedra que no sabía por cuanto tiempo la había dejado sin mover: si fueron segundos o algún tiempo especial de los dioses. En tanto, tuvo su momento de felicidad.

¿Esa dicha le creó un nuevo destino? Por lo pronto, debía hacer como lo había hecho siempre, empujar, empujar, empujar.

Seguiría siendo la absurda condena de los dioses. El esfuerzo. la violencia, el trabajo de subir, el fracaso siempre presente de la caída, seguían presentes. Nada había cambiado. Solo me preguntaba si sería capaz de rebelarse. Plantar la roca, mirarla con desprecio y seguir caminando solo en una muestra de razón o de soberbia. ¡Cuanto duraría esa situación sin la reacción de los dioses!

¿Se detendría unos momentos para increpar por su eterno y doloroso destino, insultando a los dioses, con tal fuerza para permitir que emergiera todo su odio junto al dolor inmensamente acumulado? O, finalmente, comenzaría por la aceptación plena de su propio destino. Si así fuera, imagino que se arrimó a la roca, estabilizó sus piernas, respiró profundamente e inició la tarea de empujar bufando con fuerza para moverla otra vez.

La pregunta que se hizo una vez el autor argelino parecía tener una respuesta. Cambiando la perspectiva Sisifo comenzó a disfrutar la dicha humana que los dioses le habían amputado. Siguió arrastrando la roca. Hasta se podría decir que disfrutaba hacerlo y esperaba que el reflejo del sol que por la mañana parecía una sombra, al mediodía le cegaba los ojos. Ahora de felicidad.

Semejante conclusión era un excelente argumento para pensar que a Sísifo se le habían resuelto todos los problemas. Los autores existencialistas, y otros tantos dejarían de hablar del absurdo que era la vida de este ser.

Sin embargo, sus manos siguieron empujando con fuerza la enorme y pesada roca. Las venas parecían explotar por todas las partes de su cuerpo. Los músculos tensos e inflados daban toda la sensación de que su cuerpo no resistiría. Su pecho henchido del esfuerzo y del dolor mostraba un corazón al límite. Sus fosas nasales resoplaban el esfuerzo mientras el sudor oscuro y denso le corría por todo su cuerpo. Recién estaba en la mitad de la ladera. Sabía que debía seguir empujando entre un terreno áspero y desparejo mientras sus pies se llagaban con las piedras cortantes de la montaña. También sabía que al llegar a la cima la roca volvería a caerse hasta llegar al pie de la montaña. Se debilitaba su fuerza, la piedra retrocedería y pasaría por sobre su cuerpo por lo que no le quedaba más remedio que empujar, empujar, empujar.

La historia quedó firme en esa situación. Sísifo volvió a empujar y empujar la roca hacia la cima y lo hizo una y otra vez, cuando ésta se caía esta quedar encajonada en el fondo de la quebrada.

Sin embargo, Sísifo encontró su punto de ser feliz, de considerarse dichoso, al decir de Albert Camus. Es porque ante la muerte prefirió seguir transportando y cumpliendo su pena. Ante la dificultad y ante la posibilidad de cerrar su vida con la muerte eligió volver a subir la roca hasta la cima y aceptó la sentencia de los dioses, con el dolor, la transpiración y el esfuerzo que ello implicaba.

Toda la historia fue la misma. Sólo que Sísifo tuvo la suerte de modificar sus motivaciones. Reordenó sus miradas y marcó un nuevo objetivo. Hizo que lo inalcanzable fuera más real. Ya no fue más importante la cumbre sino el esfuerzo, no el éxito inexistente, sino el objeto de transportar la roca como cumplimiento del destino de los dioses. Cambió el dolor por la resistencia, cambió el absurdo por su felicidad, liberó su energía que lo encerraba en el encierro de la resignación y pudo contener de ese modo el esfuerzo, el dolor, la transpiración.

La historia de Sísifo sin muchas explicaciones se parece a nuestra vida cotidiana. La de la rutina, no sólo la del trabajo o la pareja, sino de la vida que transcurre a veces con objetivos claros pero sin que el sentido inunde la vida. Muchas veces se parece más a la de Sísifo en cuanto al sufrimiento, la enfermedad, la cercanía de la muerte o, simplemente, a una presencia constante y perversa del dolor. Muchos de los que hoy vivimos sabemos el esfuerzo de lo cotidiano, la solución para el aburrimiento de lo repetitivo, la exasperación que produce la parada del micro, los compañeros del trabajo, la cotidiana vida familiar. La crianza de los hijos o los proyectos incumplibles de una vida elegida. Sin embargo, le encontramos la vuelta. Aceptamos alguna forma de readaptación, de encontrar nuevos objetivos, de buscar nuevas metas. Y al final, lo de Sísifo lo realizamos sin darnos cuenta y terminamos por vivir nuestra vida. A ello lo denominamos resiliencia.-

 

Horacio Agustin


[1] La Odisea, Homero,  Versión de Ezequiel Zeidenberg, pág. 100, Ediciones Golu

[2] El mito de Sísifo, Albert Camus,

[3] Baudelaire, Charles, Las Flores del mal, "La mala suerte" (o "El de la mala suerte") Buenos Aires, Losada, 1980.

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